Al cumplirse en 2014 el bicentenario del fallecimiento de Bernardo de Iriarte

El Puerto de la Cruz representó durante el siglo XVIII uno de los grandes focos de la ilustración isleña. Un mérito que viene apoyado, sin lugar a dudas, por la presencia de la familia Iriarte. El primer Iriarte llegó al Puerto de la Cruz en el siglo XVII. Se trataba de Juan de Iriarte y Echevarría (1667-1722), quien ocupó el cargo de álferez de milicias, así como de personero o diputado a instancia del concejo vecinal del Puerto de la Cruz. Tras él, tenemos a Juan de Iriarte y Cisneros, quien nació en 1702. Recibió una magnífica educación en los más acreditados colegios de París y Londres. Tras su regreso a Canarias, decidió ir a Madrid en 1724, donde fue preceptor de nobles durante su estancia en la Villa y Corte. Allí, escribió diversas obras, convirtiéndose en uno de los más importantes críticos de la segunda mitad del siglo XVIII. Desde 1729 pasaría a ser el bibliotecario Real, efectuando diversos catálogos. En 1742 logró ocupar el cargo de traductor de la primera Secretaria de despacho de Estado, siendo nombrado académico de San Fernando y de la Lengua en 1743. Falleció en Madrid el 23 de agosto de 1771. Su buena posición ayudaría, sin lugar a dudas, a sus tres sobrinos. Tomás, fabulista y autor teatral; Bernardo el político, intelectual académico y consejero de Bonaparte, así como Domingo, el diplomático y artífice del Tratado de Basilea. De los tres hermanos, nos centraremos en la figura de Bernardo de Iriarte y Nieves Ravelo, quien fuera el primero de los tres hermanos en abandonar el Puerto de la Cruz. Nació el 18 de febrero de 1735, siendo hijo de Bernardo de Iriarte y Cisneros y de Bárbara Nieves Ravelo y Hernández de Oropesa. Dejó atrás el Puerto de la Cruz tras la reclamación efectuada por su tío, con la finalidad de que el joven Bernardo pudiera ayudarle en la redacción del diccionario latino-castellano, contando, por entonces, con 19 años. Se inició en la carrera política en 1756, como secretario de la Legación española en la Corte de Parma. En 1760 adquirió una nueva responsabilidad al ser designado secretario de la Embajada de España en Londres, cargo en el que estuvo muy poco tiempo por razones políticas derivadas del Pacto de Familia de 1761 y la nueva oposición que se generó entre España e Inglaterra.

Bernardo fue un amante de las Bellas Artes. Tradujo, además, varias obras. Ayudó a artistas de la talla de Goya, quien no dudó en aprovechar la notable posición del ilustrado portuense. En 1763 sucedió a su tío Juan en la Academia de la Lengua y en 1797, fue nombrado ministro del Supremo Consejo de las Indias, entre otros cargos. Estuvo a punto de ser condenado por la Inquisición, logrando escapar a la pena de encarcelamiento y confiscación de bienes que recaía sobre su persona. Se le consideró afrancesado, hecho que repercutió en su destierro a Andalucía, siendo destituido de todos sus cargos. Con llegada de Fernando VII, Bernardo emigró a Francia, falleciendo en Burdeos el 11 de julio de 1814.

El año 2014 marca el bicentenario del fallecimiento de Bernardo de Iriarte. Una fecha que, tal vez, hubiera representado una buena excusa para recordar a una de las personalidades más notables del siglo XVIII canario. Abandonado en vida, observamos cómo sigue siendo un desconocido para la ciudad que lo vio nacer. La familia Iriarte representa en sí misma un ejemplo dentro del panorama cultural dieciochesco español. Sirva este pequeño y humilde artículo para recordar y homenajear la figura de un Iriarte ignorado y olvidado por todos.

 

Javier Lima Estévez

(graduado en Historia por la ULL)