15 julio, 2020

1832, epidemia de Cólera Morbo

En 1832, una epidemia de cólera morbo había arraigado en Europa. Así trascendió en América del Norte. Ello acarreó la instalación de una barrera infranqueable a las operaciones comerciales con las islas, cuando se creía que, después de pasada la plaga, la población podría quedar expedita para comerciar libremente como antes de sufrirla.

Pero el cólera morbo causó auténticos estragos. Una plaga perjudicial, de efectos ruinosos para las Islas Canarias pues varios países se vieron afectados, precisamente los únicos que consumían vinos y barrillas, productos de interés que favorecían exportar la naturaleza de nuestro suelo y que, como consecuencia de una nulidad absoluta en aquellos años, ponía a la provincia al borde de la miseria.

(Conviene explicar brevemente lo que eran el cólera morbo y las barrillas. Se trata de una enfermedad que proviene del delta del Ganges y se manifiesta en sus primeros estadios con diarrea y vómitos biliosos, la lengua se cubría con una costra blanquecina. La orina era escasa y encendida, el sudor abundante y en ocasiones se producían descamaciones en la piel. En este primer momento, si se trataba con un buen régimen y un plan medicinal, la enfermedad se curaba, por norma general. Sin embargo, si no se ponía tratamiento adecuado con los primeros síntomas, la enfermedad era irremediablemente mortal. En cuanto a la barrilla, según puede leerse en el sitio web canarizame.com (Historia menuda de Canarias), era una planta pequeñita, rastrera, que se encuentra por las zonas de costa de casi todas las islas. Durante mucho tiempo, la única forma de conseguir sosa, imprescindible para hacer jabón, era a partir de las cenizas de quemar algunas plantas que las acumulaban en su interior. Canarias fue uno de los mayores productores de barrilla en el siglo XVIII. Se exportaba a Londres, donde hacían jabones con los que se bañaba gran parte de Europa. Gracias a las barrillas se hicieron enormes fortunas en las islas, sobre todo en Lanzarote, donde se mejoró el sistema de extracción, utilizando hornos que producían bloques de sosa, en vez de ceniza de sosa. Pero el negocio se hundió. Razones: primera, encontraron una manera de producir sosa de forma industrial; y segunda, los empresarios canarios empezaron a meter callaos dentro de los envíos para aumentar el peso, y los compradores bajaron los precios por culpa de la estafa y se fueron a comprar la sosa industrial, un poco más cara pero con la cual no les engañaban. Puede decirse que en el siglo XVIII, si muchos europeos se bañaban y lavaban la ropa, era gracias a la aportación de los canarios).

Para ningún punto, ni aún para los mismos que sufrían el cólera morbo, fue esta plaga tan perjudicial ni tan ruinosos sus efectos como para las Canarias, cuya pobreza no guardaba nivel ni las equilibraba con el poder de los países donde reinaba aquella enfermedad. Así lo escribió Nicolás Pestana Sánchez, cronista oficial del Puerto de la Cruz.

En efecto, fue el pueblo que, según el cronista, “más sufrió las consecuencias de aquellas medidas sanitarias, que se hacían más visibles cuando se consideraba que fue, en mejores días, el primero de la provincia por su opulencia, su comercio y sus mejores relaciones con todos los países extranjeros y nacionales, donde consumían los vinos de Tenerife, envilecidos, ahora, por la rivalidad de otros ya más baratos o mejores”.

La inacción, el abatimiento y la miseria predominaban en la localidad portuense, aún más visibles desde que se encontró la imposibilidad de continuar los negocios, aumentándose, según relata Pestana, después de que se obligara a seguir a Santa Cruz a los buques que llegaban para sufrir allí el expurgo y la ventilación de los efectos que conducían, pues de esta obligación resultaba, entre otros, el inconveniente de que se demoraban o imposibilitaban las empresas. Y era causa de que se requiera mayores y, a veces, dobles fletes al contratarse los buques, nuevos seguros para ellos y para las mercancías, mayores gastos de cuarentena de las que en el Puerto se sufrían, costas inmensas en las conducciones por tierra y mar hasta aquí y el riesgo de averiar o perder los artículos en el tránsito, principalmente en los inviernos.

El cronista señala que cuando el Ayuntamiento estuviera desengañado o pensare remotamente que obligar a los buques a hacer su cuarentena en Santa Cruz impedía la contaminación del cólera morbo, sería delincuente y merecerían sus individuos un severo castigo, si desoyendo la voz de la humanidad apoyasen lo contrario como lo apoyaban y pretendían. Creía la institución entonces, firmemente, que el peligro de la isla consistía en hacer ir los buques que llegaban al Puerto hasta el de Santa Cruz, pues tenían que correr una costa dilatada, siempre llena de barcos abiertos, con los que podían comunicar y llevar a efecto sus negocios clandestinos, fuesen las personas extranjeras –a las que nada le importaba nuestra salud–, o aquellas que, desoyendo los sentimientos de la moralidad, prefiriesen el beneficio que particularmente creían que les resultase.

En el entonces Puerto de la Orotava había la facilidad de hacer fondear los buques delante del pueblo en los inviernos y amarrados a los riscos en los veranos, custodiados por las lanchas de ronda que se hallaban establecidas y que se deberían poner bajo el mismo pie que se dispuso en Santa Cruz. Así, no habría peligro que temer sino que, por el contrario, quedaba cortado de raíz el mal que amenazaba a todo el vecindario; mayormente cuando la Junta de Sanidad instituída en el Puerto cumplió en todos los tiempos con sus deberes, con el empeño y propiedad que era natural a la clase de individuos que la componían.

Además era notorio que el Castillo San Felipe, al oeste de la población, que era el fin de la jurisdicción portuense, por su situación y distancia al pueblo, así como por la disposición de su fábrica, era un punto que parece fue hecho propiamente para destinarlo al expurgo y ventilación de efectos. Este Castillo se encontraba sin uso; el sector comercial del pueblo (por emplear una fraseología de hoy en día) estaba dispuesto a hacer, a su costa, en los techos y demás, las reparaciones necesarias para la seguridad de las mercancías y demás enseres que se guardasen o custodiasen en él. Todas estas razones -concluye el cronista Pestana- fueron puestas en conocimiento del presidente de la Junta Provincial de Sanidad para que, a su vez, las hiciese llegar a conocimiento de las autoridades del Gobierno de la Nación.

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