3 julio, 2020

Décimo aniversario de una obra turística

Agradecemos a los autores la oportunidad de participar en esta conmemoración. Diez años de una publicación, de un libro que se antoja fundamental para conocer los orígenes, la evolución y la realidad de un sector económico productivo que ha caracterizado el desarrollo de un municipio y de una ciudad: Puerto de la Cruz.

Al cabo de diez años, Historia del turismo del Puerto de la Cruz, a través de sus protagonistas, ha servido para esclarecer muchos porqués, las razones de algunas decisiones y la dimensión de personajes que intervinieron, en mayor o menor medida, en la conformación, en los avances sociales y en los momentos de zozobra.

En definitiva, una estupenda obra de consulta, analítica y reflexiva, profusamente documentada -más de quinientas páginas y ciento diecisiete ilustraciones- con indudables valores de investigación los cuales proporcionan una visión muy rigurosa de nuestra historia -vinculada al hecho turístico desde antes de ser industria- y de ese mismo hecho. Si hace diez años, felicitamos a Nicolás González Lemus y Melecio Hernández Pérez, así como al prologuista, Isidoro Sánchez García, como también a la Escuela Universitaria Iriarte, con sede en nuestra localidad, hoy debemos congratularnos de haber gozado con las aportaciones y la lectura de esta obra, convertida en fuente primordial de nuestro principal sostén productivo y de una parte sustancial del municipio que ha luchado para abrirse paso, sortear las dificultades y ocupar un sitio destacado en el concierto de las ciudades que disponen de una oferta turística y son, en sí mismas, un destino.

Toda historia tiene su principio. Hay nombres que, por derecho propio, ganaron su puesto y hasta hundieron sus raíces en la tierra agraciada por su clima y por su geografía. El súbdito alemán Osbard Ward, el británico míster Harris, el doctor inglés Ernest Harts, el coronel Wethered, el científico Edward Beanes son, entre otros, nombres vinculados a la historia turística del Puerto de la Cruz, de la que tanto saben González Lemus y Hernández Pérez que, naturalmente, se habrán familiarizado con ellos. Nosotros hemos indagado en la documentación que acopió el que fuera cronista oficial del municipio, Nicolás Pestana Sánchez, a quien el hecho turístico, cuando no había Internet y apenas se manejaban algunas publicaciones, fotos y grabados, el hecho turístico -decíamos- no le fue ajeno.

Así, Ward publicó en 1903 el libro The Val of Orotava, en el que habla de los intentos de escalar el Teide con fines científicos o geológicos y de los beneficiosos efectos climáticos. En esa obra se fija 1866 como principio de la arribada de extranjeros a las islas.

El tal míster Harris se da cuenta del “sitio ideal para la explotación de un buen hotel”. Logra fundar una compañía, arrienda la casa y jardines anexos, propiedad de doña Antonia Dehesa, viuda de García, ubicada en el que hoy estaría el antiguo y cerrado hotel ‘Martiánez’, víctima de la dañina fórmula del ‘time-sharing’ ya en los ochenta del pasado siglo. Allí se abren las puertas del denominado ‘Gran Hotel’, del que Harris sería el director. El Puerto empieza a ser conocido en el extranjero.

Un médico, Ernest Harts, disfrutó de un período de siete semanas entre nosotros. Se fue encantado y al regresar a Londres publicó varios artículos en Pall Mall Gazette British Medical Journal, elogiando las bondades del valle y “los lugares como el mejor sitio para extranjeros veletudinarios” para pasar el invierno por curiosidad o placer. El efecto fue inmediato: subió el número de ingleses en la temporada invernal del año siguiente, 1887.

Coronel Wethered, promotor de la mansión denominada “El Robado” (destruida hace unos pocos años en un pavoroso incendio), en una zona de malpaís, fruto de las erupciones volcánicas de 1430 de las que surgieron los tres conos conocidos por Montaña de Las Arenas, Montaña de Los Frailes y Montaña de La Gañanía, estas dos últimas en el término municipal de Los Realejos. Según el testimonio de Pestana, para sortear los problemas de movilidad, se dispuso la utilización de hamacas y carritos para transportar a los inválidos de hotel a hotel y hasta para algunas salidas nocturnas.

Otra de las adiciones al Grand Hotel Company fue la del Marquesa cuyo edificio fue acondicionado para recibir un mayor número de turistas. Empezaron a pensar entonces en empresas de más altas aspiraciones, aunque se dividiera la iniciativa empresarial: por un lado, el capitaneado por míster Harris; y por otro, una nueva sociedad denominada “The English Grand Hotel Company”. Harris, siempre según Pestana, rompe con el Gran Hotel Company, del cual había sido manager. Él había defendido la posibilidad de edificar un nuevo hotel en terrenos de La Paz, sobre el promontorio situado al este del antiguo hotel Taoro y el Jardín Botánico. La idea no prosperó y míster Harris desaparece de la escena.

Estamos en la primavera de 1888. Llega al Puerto de la Cruz míster Edward Beanes, un científico dotado de un alto talento comercial. Era íntima amigo del doctor Víctor Pérez, quien le pone en antecedentes del proyecto de construir un nuevo establecimiento hotelero. La iniciativa entusiasmó tanto al señor Beanes que prestó toda clase de ayuda, incluso la económica, con el fin de que los proyectos se materializaran a la mayor brevedad posible. Establecidos los ideales de la nueva sociedad, varias aportaciones de casas y firmas con residencia en Santa Cruz de Tenerife hicieron viable la actuación de un nuevo hotel que se empieza a construir en donde fue levantado el Gran Hotel Taoro, un lugar elegido por Víctor Pérez con arreglo a los planos de un arquitecto francés, de Lyon, Adolph Coquet.

En 1890 se inaugura la primera parte construida. El relato del cronista Pestana merece ser reproducido: “Abriéronse carreteras -señala- a través de los enormes terrenos destinados a jardines y lugares de esparcimiento, a través de una verdadera montaña de escorias y cenagal volcánicos, por cuyo motivo estos terrenos eran conocidos por Malpaís, ocupando estos jardines una extensión superior a las once hectáreas, en las cuales se plantaron unos doce mil árboles de todas clases”.

Pues este va a ser el enlace entre esos orígenes de la ciudad turística que habría de forjarse en las futuras décadas, especialmente en las posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y la que aún hoy tiene pendientes actuaciones para que cristalice otra gran obra de trasformación y se consolide, con nuevos fundamentos, el destino turístico diferenciado que todos anhelamos, principalmente los visitantes.

Es la historia que está por escribir para seguir en la vanguardia competitiva, caracterizada por la sostenibilidad. Porque hay que encauzar e impulsar el plan director del futuro parque marítimo, así como abrir el debate sobre el destino de la antigua estación de guaguas. Y pensar en la habilitación de nuevas dotaciones para aparcamientos. Lograr de una vez un mantenimiento eficaz de los servicios que se prestan, implicando a la población y al sector privado. Y promocionar de forma adecuada las ideas y los valores atesorados durante años, secuenciando convenientemente los acontecimientos y las convocatorias que tienen a la ciudad como sede. Que innovar y cualificar no es incompatible con el conservacionismo y el buen cuidado. Completar las dotaciones que, como el parque San Francisco, han de contribuir a su desarrollo. Y pulir la joya, el complejo turístico “Costa Martiánez”, con un giro a su modelo de gestión. Volvemos a abogar por el desarrollo armónico de los barrios y distritos para que luzca la calidad de vida. Y regular de una vez la ocupación de la vía pública, dar coherencia al pionero modelo de adaptación peatonal de vías y plazas para que en el Puerto sea posible pasear y moverse con seguridad y confortabilidad. Y desenvolverse en un destino inteligente, en una smart city, tampoco riñe con los activos patrimoniales. En efecto, además de fortalecer el principio de sostenibilidad, conservar las esencias monumentales, proteger el patrimonio histórico artístico y urbano, huir de mobiliario moderno supuestamente vanguardista y común en casi todos los destinos turísticos, así como restaurar inmuebles que, como la Casa Iriarte, la Casa Sol y el Torreón de Ventoso y hasta El Robado, anteriormente mencionado, han de servir para utilizar como recursos accesibles y aptos para una explotación racional. Y acometer de una vez la ampliación del Jardín de Aclimatación de La Orotava que así se denomina nuestro Jardín Botánico.

Se ha enunciado todo ello a mero título orientativo. Seguro que hay más objetivos. Simplemente, se trata de conectar el pasado remoto con el porvenir a medio y largo plazo. Hoy conmemoramos el décimo aniversario de la publicación de un libro. Dentro de diez años, hemos de celebrar otros logros y otras realizaciones que condensamos en los avances transformadores de un destino vivo, dinámico y en constante efervescencia. En fin, otros capítulos de su historia.

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