4 julio, 2020

El Puerto de la Cruz en 1820

Me confieso un admirador absoluto de la obra del polígrafo portuense, José Agustín Álvarez Rixo (1796-1883). Entre las páginas de Anales del Puerto de la Cruz de La Orotava (1701-1872), realiza una amplia descripción de su lugar de origen y la conexión, desde diversos puntos de vista, con personas, lugares, actos o efemérides dignas de consideración. Una muestra de ello sería el año 1820. El escenario portuense aparece marcado por la presencia del alcalde Tomás Amstrong. Los primeros meses se suceden sin grandes novedades hasta que un hecho rompe con la monotonía. El 30 de abril, Juan Cólogan Fallon recibe una carta donde se le informa de la llegada del bergantín Ligero, con origen en Cádiz, con el fin de notificar la noticia de que el rey había jurado la Constitución. La noticia se extendió pronto y a ello se unieron otros vecinos, se repicaron las campanas, se hizo saludo en el muelle fijándose la bandera y se tañó música por el pueblo, puesto que todos esperaban de buena fe grandes y utilísimas reformas y consecuente prosperidad individual y general. Desde los balcones y las ventanas se colocaron numerosos elementos de adorno. Además, en el centro de la Plaza del Charco, se erigió una columna de madera de orden toscano y catorce varas de alto, rematado éste de una pilastrita sobre la cual descansaba un libro doblado con el rótulo «Constitución». Todo este monumento estaba pintado de blanco marmolado y costó más de 400 pesos corrientes. Por el lado Norte de su pedestal se escribió su dedicatoria a dicha Constitución del año 1812. A corta distancia de cada ángulo de la columna se colocó una pirámide de muselina blanca, guarnicionada, la cual se iluminaba. Y al testero que formaba la entramada de la plaza al Norte se construyó una vistosa casilla para los músicos. La meticulosa descripción de Rixo advierte, al mismo tiempo, de los bellos arcos triunfales dispuestos a lo largo de las siete avenidas que daban a la plaza.

Describe aspectos relacionados con el acto de celebración en la Iglesia, con misa solemne en la que predicó el venerable Beneficiado de Chasna, Antonio Peraza de Ayala y se leyó la Constitución desde el púlpito por el diácono José Álvarez de Ledesma.

Se adornó la Parroquia en su interior y exterior, al igual que llegó a suceder con la pila situada en medio de su plaza, cubierta de una rotonda formada de madera, rama y flores y la figura del heroísmo encima, muchos faroles en su interior para iluminación, que unida al contraste de la caída de los chorros de agua, formaban una agradable perspectiva. Tales adornos llegaron a tener un coste de ochenta pesos corrientes, tal y como apunta Rixo, correspondiendo la idea y dibujo a su autoría.

La iluminación fue única y para su materialización contribuyeron numerosos vecinos. Sin embargo, la suscripción popular no terminó de ser aceptada por todos. Por ello, se expandieron sátiras e indolencias contra los que no colaboraron al respecto y se generalizaron pasquines, no contra el Rey y la Constitución, sino entre los mismos habitantes que se agriaban unos contra otros, por sus disparates y abusos que hacían la voz LIBERTAD.

También deja constancia de las elecciones municipales celebradas durante el mes de mayo y los cargos que quedaron al respecto.

Interesante sería advertir el aumento en el número de documentos como resultado de nuevos trámites y la actuación, al respecto, del propio alcalde Juan Cólogan Fallon, que decidió donar un estante nuevo con el fin de colocar papeles y protocolos del Ayuntamiento. Un síntoma de preocupación por el patrimonio documental, tan sufrido y abandonado en otros momentos.

La anécdota protagonizada por Diego Barry y Miguel de Arroyo no tiene desperdicio. Ambos, junto a otro joven, salieron desde Londres con destino París. Allí subsistieron gracias a la publicación de un folleto redactado en francés por dicho Barry, teniendo como temática las mujeres. Lo curioso es que, ante dificultades económicas, Barry y el otro individuo abandonaron el lugar y se trasladaron a España. El tiempo transcurría mientras Arroyo seguía en París. Por ello, unos amigos desde Londres decidieron rescatarlo.

En diciembre se organizaron nuevamente elecciones de empleados para el año siguiente. Sin embargo, se suscitaron muchos aleluyas y animosidades contra algunos vecinos que en nada se mezclaban; hechos demostrativos, de que cuando se les da soltura a los hombres son pocos los que saben ser comedidos y muchos los que abusan de ella.

Aspectos y anécdotas curiosas de un pasado que, en el relato de José Agustín Álvarez Rixo, nos aproxima ante el conocimiento del núcleo portuense doscientos años atrás.

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