Fiesta de Mayo en Puerto de la Cruz

Una de las tradiciones más significativas que cada año rememora el Puerto de la Cruz al alba del tercer día de mayo, como la más viva manifestación religiosa con arraigo popular y connotación histórica, por su carácter fundacional, es la exaltación del símbolo universal del cristianismo: la Santa Cruz, cruz que antaño ocupó en el calendario litúrgico la festividad principal de los portuenses.

Ayer como hoy la figura de sus maderos entrelazados en ángulo recto sigue presente adosada a las paredes de las casas y edificios, así como en muros ciegos, anidando en frontispicios y lugares más inhóspitos; prodigándose por calles y caminos públicos, que, reverencia a su paso, persignándose respetuosamente el cristiano. Otras aparecen protegidas del sol y la lluvia al socaire cálido de la techumbre hogareña, consagradas y veneradas por familias con fervorosa transmisión generacional; así como las existentes en las viejas capillas con olor a cal e historia limpia y sencilla donde moran en la soledad mística y angosta de sus tres paredes y que se esparcen por el término municipal hasta sus limitados confines, asentadas desde el siglo XVII y que, en su conjunto, preside o encarna la cruz que tiene el Puerto de la Cruz por patrona en la iglesia de Nuestra Señora de la Peña de Francia.

Esta cruz, enfundada en plata labrada, de reciente restauración, reliquia de fe, recorre procesionalmente al mediodía, cuando el sol arranca destellos y resplandores de luminosidad celestial en simbiosis con la ornamentación esmerada que realza las calles del viejo Puerto entre sabor rancio y salitroso y el perfume aromático de los pétalos de rosas que vuelan como alas de cristal desde balcones y ventanas entre las notas musicales de la banda municipal en una atmósfera caldeada por la pólvora de las tracas y voladores que en la luz de la mañana primaveral trazan en el espacio fugaces y sonoras estrellas fugaces.

Procesion de_la_Cruz_de_PlataEs la cruz que da nombre a la ciudad. Y avanza alzada, marcando su trazo vertical el eje que va de la tierra al cielo, uniendo el cenit y el nadir; su brazo horizontal indica las dos direcciones opuestas, ya sea de la salida y la puesta del sol, el este y el oeste, ya la de su paso por el meridiano y su lado contrario, el sur y el norte, es decir todo el cosmos, según feliz interpretación recogida en “Le Monde des symboles”, de Champeaux y Sterckx. Tal cúmulo de atributos en el signo de la más antigua representación humana, encierra también, en el caso del Puerto de la Cruz, la protección y amparo de su microcosmos a la par que es estandarte relicario de la conquista de los Reyes Católicos; y que, según tradición, colocó el propio Alonso Fernández Lugo en una de las peñas que forman la bocana del puerto, aunque esto no sea más que una leyenda urbana.

Similar circunstancia concurre con la Santa Cruz capitalina. El gran investigador e historiador Alejandro Cioranescu en su “Historia de Santa Cruz de Tenerife”, tomo I pág. 39, hace un comentario que es válido también para la ciudad norteña: “(…) Resulta difícil enjuiciar fría y objetivamente la autenticidad de la reliquia porque, más que reliquia, es todo un símbolo, y el estudio de los símbolos no es un examen de datos positivos, sino un escrutinio de contenidos mentales. No está probado que Fernández Lugo trajera consigo una cruz, pero puede darse por sentado que la traía. La imagen del conquistador que baja en tierra con la cruz en los brazos aparece en circunstancias diferentes, por ejemplo, en la conquista de América. En la historiografía canaria no aparece en los documentos, sino tan sólo en la imaginación de los poetas (aquí ningún vate plasmó el acontecimiento, salvo cronistas siglos después): y en efecto Viana es su único fiador. En el poema, la imagen parece perfectamente encajada y justificada, porque el general abrazado a la cruz va a celebrar la fiesta de la Cruz en el lugar al que daría nombre de Santa Cruz; la reiteración es de buena ley y como tal debe considerarse. No significa que el madero que se venera en su relicario de plata es el mismo que hincó en tierra Fernández Lugo, pero tampoco parece oportuno discutir los símbolos con criterios de autenticidad. La reliquia no vale por su madera, sino por su valor de representación (…)”.

Indudablemente, debió de ocurrir así, pues no tiene nada de extraño que Fernández de Lugo, siguiendo la costumbre de la época en que España llevaba a cabo su afán de colonización y evangelización, clavara la cruz al pisar o conquistar nuevas tierras para la Corona de Castilla. Y así debió de ocurrir en 1496, tanto en Santa Cruz de Tenerife como en el entonces puerto de La Orotava.

Lo cierto es que esta reliquia representativa, cada 3 de mayo, en el mes de la plena floración, se produce el renovado milagro de cada año en la noche de la víspera, noche de intenso y amoroso trabajo artesanal donde voluntarios y amantes de nuestras tradiciones realizan a la sombra del secreto para no desvelar el proyecto tejido con flores y devoción, la culminación creativa más fresca y lozana al rocío del amanecer cuando se descorre el velo que ofrenda a la cruz lo mejor de su quehacer para que los fieles, curiosos y espectadores puedan admirar la metamorfosis y el prodigioso reverdecer de las cruces hecho arte y recogimiento en la más pura muestra de fervor religioso.

Y es que como señala Jean Paul Roux, la cruz, hecha con madera, es árbol, un árbol que no ha perdido la vida al ser talado, sino que, por su muerte aparente, alcanza nueva vida, mística y dinámica.

Cruz enramada_en_la_calle_La_VerdadEn realidad, los resecos maderos de tea enramados parecen nacer a la vida con los arreglos decorativos en equilibrio vegetal de belleza y colorido que sólo manos piadosas y de artistas, con ingenio e imaginación, en noble competencia de superación por honrar a la Santa Cruz, componen espléndidas obras florales de gran expectación que a lo largo de la jornada festiva son muy visitadas por millares de foráneos y locales. También hay artistas que tejen con escamas y espinas de pescado, minuciosamente tratadas en un largo y paciente proceso para obtener increíbles maravillas florales. Es obra intensa y extensa que atrae la atención y admiración de cuantos visitan la Cruz de Felipe, nombre del creador que lo toma el santo madero, y el cual goza de fama más allá de las fronteras del valle de La Orotava. Es único en este género tan original, en su ciudad natal. Él, silencioso y con gran laboriosidad destina sus horas ociosas a superar cada muestra, como de seguro, ocurrirá este año 2012. Su trabajo es ya bien conocido y está ampliamente difundido. La casa en la antigua calle Lomito (hoy Enrique Talg) permanece abierta a los cientos de visitantes y turistas y a los medios de comunicación que durante los días de la fiesta se convierte en escaparate inédito, presidido por la cruz primorosamente engalanada.

En otros tiempos, más que ahora, tanto en el casco urbano como en la periferia del Puerto, varias cruces tenían derecho procesional, y la mayoría eran objeto de celebración, donde no faltaban los cultos religiosos y el desarrollo de eventos lúdicos con actuación de luchadas, bailes y parrandas folclóricas y otras diversiones como sortijas, verbenas y paseo que se concentraban en torno a la capilla o cruz desnuda de techo, bajo el cielo raso; cuidándose mucho de avivar con ramas, banderitas y flores de papel la calle o camino de su ubicación que teñía de alegría y color el ambiente, junto a turroneras, ruletas, etc., y ventorrillos de sábanas y cañas donde se degustaban  típicas comidas regadas con vinos del país.

Pero la Fiesta de Mayo tuvo y sigue teniendo su protagonismo en la Cruz de la iglesia parroquial, de gran resonancia en el valle de donde llega la mayoría de fieles para rendir promesa o visitar el Puerto de la Cruz, que siempre ha sido territorio acogedor de brazos abiertos como la misma cruz.

El pueblo de antaño esperaba, más que ahora, con ansiedad esta fiesta, y se reservaba para la ocasión el estreno de traje y zapatos, cuidándose mucho las damas de caminar por la sombra, al amparo de pamelas y sombrillas para lucir blancura de “Visnú”; pues la piel tostada por el sol estaba reñida con la belleza y la clase media y alta de las féminas.

La Carola_en_la_Casa_de_la_AduanaEl programa de la fiesta en las primeras décadas del siglo pasado recogía el oficio de la Santa Misa que se celebraba con gran solemnidad, elocuente sermón, excelente coro, prodigalidad de luces y derroche de flores por doquier; todo ello en la Casa de Dios: un marco deslumbrante capaz de convencer al más incrédulo, y de satisfacer al más exigente creyente. La procesión de la Santa Cruz hacía el recorrido de hoy, aproximadamente, por las mismas calles que entonces aparecían flanqueadas de enrames, arcos y plumas con banderas. La comitiva estaba compuesta por el prioste, y representaciones del clero, autoridades civiles y militares, presidentes de sociedades recreativas y otras personalidades  de la vida cultural y  social.

Como sigue siendo tradición, al paso por la calle de Santo Domingo cientos de almas se agolpan para admirar el culminante momento ensordecedor de la lluvia de cohetes; y, a pocos pasos, en el muelle, era costumbre que varios cañoncitos—que existieron para avisar la llegaba de las naves– dispararan a modo de salva a la vista de la procesión como un tradicional ritual.

A su regreso al templo, retornaba en la Plaza del Charco la verbena que se prolongaba hasta no más de la una o las dos de la madrugada.

Este artículo es un homenaje sincero a todas esas anónimas personas que, desinteresadamente, se afanan por mejorar cada año su capilla o cruz, en muchos casos entre las paredes internas de los hogares portuenses, al tiempo que es una muestra de gratitud de cuántos hemos sido espectadores por la contemplación confortante de tanta admirable plasticidad.

Que no se rompa ni abandonen nunca las viejas tradiciones, porque representan el más auténtico valor de nuestro acervo cultural y por respeto y deber a ese gran legado que honra a nuestros antepasados y enaltece y da gloria a sus habitantes y a la ciudad cosmopolita del Puerto de la Cruz.

 

Fotos: Jesús García Mederos

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