20 octubre, 2020

Historia local

El historiador Eduardo Zalba pone el alma en todo lo que hace y por eso un acto sencillo y austero como el que concibió para conmemorar el vigesimoquinto aniversario del Ciclo de Historia Local que promovió el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (IEHC), en colaboración con el Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, resultó ameno e interesante, una plétora de evocaciones y una sucesión de retos para seguir emprendiendo desde el punto de vista cultural y cualificar la oferta del municipio en ese ámbito.

A Zalba se le ocurrió hacer un ejercicio de memoria sobre el citado ciclo, ahora que cumplía un cuarto de siglo, y para ello convocó a los intervinientes/conferenciantes que ofrecieron el fruto de sus investigaciones en distintos espacios como el salón noble del Ayuntamiento o la sede del Museo Eduardo Westerdahl en la Antigua Casa de la Real Aduana, acariciada casi siempre por la brisa atlántica. Faltaron algunos y los que disculparon su ausencia tuvieron a bien enviar un video o hacer una grabación para completar una serie de testimonios que, junto a los emitidos presencialmente, dieron contenido a un acto relevante, de esos que se agradece haber asistido.

Fue en la sala ‘Andrómeda’, del complejo turístico ‘Costa Martiánez, dispuesto para cumplir las indicaciones administrativas vigentes y para acoger a quienes andan interesados en la historia local, dejando constancia de lo que sucedía pues, salvo de una edición, no se conservan grabaciones audiovisuales de una iniciativa que ha posibilitado conocer hechos, episodios, personajes y relatos de estudiosos que se acercaron a la historia del Puerto atraídos por la singularidad de su conformación, las características de sus costas, la evolución de sus actividades productivas y sociales o el por qué de decisiones que resultaron determinantes en el decurso del pequeño pueblo que gana la autonomía de La Orotava, hace de su agricultura y de la pesca sus afanes más laboriosos, consolida su vocación marítima, atrae a las ideas y a los ilustrados así como a los pioneros del turismo hasta que después de los conflictos bélicos del pasado siglo labró su indeclinable vocación turística para forjar un pequeña industria que cultivó y exportó valores, modelos y recursos, enseñoreándose con todo fundamento durante muchos años en los que encabezó el concierto de los municipios turísticos.

Allí estaba el infatigable Manuel Rodríguez Mesa, en butaca de primera fila, todo un ejemplo para quienes se han ocupado de rescatar las esencias. Y estaban muchos que le acompañaron en los menesteres historicistas o historiográficos del ciclo. Un elenco de postín, sin exagerar, cuya contribución a estudiar y conocer nuestro pasado es relevante.

Los portuenses no hemos sido muy cuidadosos con nuestra historia, con nuestro acervo. Reconozcámoslo. Por eso, cualquier acercamiento a su estudio, cuidado y difusión debe ser valorado. Esa falta de sensibilidad debe ser revisada de inmediato. Los pueblos han de conocer cómo surgieron y cómo y por qué llegaron hasta nuestros días. Se agradecen, en ese sentido, la dedicación y las iniciativas que permitan la accesibilidad a los contenidos de nuestros tiempos pretéritos, algunas de las cuales anticipó, grosso modo, el alcalde, Marco Antonio González Mesa a quien Eduardo Zalba reservó para el final, con el fin de arrancarle los compromisos que, al ejercer competencias en materia cultural, está obligado a asumir y cumplir. Emplazado quedó. Para enriquecer, además, sus esquemas de identidad portuense.

Tan solo por contar entre sus hijos a los ‘agustines’, Bethencourt Molina y Álvarez Rixo, la historia del municipio ya merece un tratamiento y un desempeño más destacados.

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