Nombretes

No escapa nadie. No hay habitante o miembro de familia que se precie que no tenga el suyo. Al menos, así era hasta hace unos años porque las generaciones más jóvenes, en su pasotismo o en su indolencia, no están por la labor, ni siquiera la de inventar un vocablo sencillo con el que identificar a sus coetáneos.

Apodos, motes, alias, sobrenombres… de eso hablamos. Otro rasgo de la personalidad sociológica de un pueblo. Si van mermando o desapareciendo, por cierto, como que la despersonalización se acentúa, caso del Puerto de la Cruz de nuestros amores y nuestros pecados.

Familias enteras, el linaje se diría, eran conocidas por el nombrete ganado o atribuido. Y hasta heredado.

En algún lado leí, hace tiempo, que la villa de Martos, provincia de Jaén, era la localidad española donde más apodos había.

Portada del nº 3 de la Revista Local (1983) donde se publicó la relación de nombretes portuenses.
Portada del nº 3 de la Revista Local (1983) donde se publicó la relación de nombretes portuenses.

Y en el Puerto, allá por los ochenta, “La Revista Local” dirigida por Jesús García Mederos publicó una lista por orden alfabético que causó el furor de haberse agotado la tirada y de producir una segunda entrega pues en la primera faltaron bastantes. El hecho, no es broma ni exageración, conmocionó a la población y hubo gente aludida que se disgustó, que resultó contrariada, no porque no supiera que se les conocía de ese modo sino porque quizá nunca se habían visto en papel impreso y con aquella proyección.

Ya saben: en lenguas del Puerto te veas…, un dicho que definió la idiosincrasia portuense.

Es imposible negar la originalidad de algunos. O la gracia. O la connotación negativa de otros.

Y hasta el acierto por alguna circunstancia de su físico o comportamiento. Aluden a cualquier cualidad, buena o mala e implican, en mucho casos, menosprecio, ironía o burla.

Luego, está el según se diga o emplee. En voz baja, en las conversaciones, era para no molestar o herir. Para llamar a alguien o reclamar su atención en público, y sin mala fe, se hacía amistosa o afectuosamente. En el fondo, todo dependía de quien lo utilizara.

Las expresiones, chocantes por inhabituales, generaban cierta sorpresa. Y muchos aludidos aceptaban sin más la suerte de su sobrenombre y se identificaban con la frase que era sentencia a la vez:

El que lo puso, que se lo quite.

Amén.

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