7 marzo, 2021

La herencia (Opinión)

Aún recuerdo las orejas de burro con las que doña Chona me ponía de rodillas en ventana abierta para al callejón con la intención de que sufriera el escarnio de todo el que pasaba por allí. Menos mal que no era especialmente concurrido el lugar. El objetivo que tenía encomendado esta maestra no era nada fácil. Tenía que controlar aquella treintena de niños encerrados en su casa y a los que, no me pregunten cómo, enseñó a leer y las cuatro reglas. Así que para lidiar con nosotros recurrían a todos los miedos posibles. Su abanico de métodos disciplinarios se considerarían hoy torturas. Iban desde encerrarnos en un cuarto oscuro, en el que, según ella afirmaba, habitaban los ratones, a los millos bajo las rodillas y las tongas de libros en las manos mientras mantenías los brazos en cruz. Hoy parece escandaloso, pero sus prácticas eran muy habituales en la España franquista y se repetían en todos los centros de enseñanza, incluidos los más prestigiosos y renombrados durante generaciones. Pese a todo, siempre he recordado con mucho cariño a doña Chona. Tenían muy pocas herramientas pedagógicas, pero poseía una sonrisa amplia y ejecutaba su oficio como Dios, que entonces mandaba mucho, le daba a entender. Quizá ese recuerdo cariñoso tenga mucho que ver con que ella, casi sin darse cuenta, cubrió la curiosidad de los primeros años de la infancia de una niña de pueblo criada en una casa casi sin libros.

Después de doña Chona, vinieron otros maestros, estos sí tenían título y daban enseñanza reglada. Como doña Marina Perera, que era de esas docentes antiguas, también con escuela en casa, pero que había olvidado los métodos represivos y que me enseñó el placer de la lectura y el gusto por la ciencia. Después, por aquello de ser hija de emigrantes, cogí el avión a Venezuela y vinieron cinco años de enseñanza reglada y muy académica de un colegio de monjas. Nada que ver.

La curiosidad la abonó esos años mi padre, un autodidacta, que puso en manos de una adolescente una biblioteca impresionante. Tengo que reconocer que el articulito de hoy me está saliendo nostálgico, pero creo que va siendo hora de reconocer que mi herencia, las herramientas con las que me defiendo y la curiosidad con que afronto el día a día, es también culpa de estas dos mujeres, la ruda doña Chona y la vocacional doña Marina. A ellas les debo la pasión por la lectura.

Cándida Carballo

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