4 marzo, 2021

Pregón de la Semana Santa por Jesús Hernández

Al llegar el Tiempo de Cuaresma, que comienza el Miércoles de Ceniza, se cubrían las imágenes de la iglesia con paños negros o colores oscuros; de igual modo se cubrían también las cruces parroquiales, que figuran en la manga y en los estandartes. El retablo del Altar Mayor de esta Peña de Francia, se tapaba completamente, de arriba abajo, con un velo negro, que se abría hacia los lados como una cortina. Delante del citado velo, se colocaba una mesa, sobre ella y en la parte central iba el ara, una loseta cuadrada, que en su interior contiene reliquias de Santos; ara y loseta, como hoy, se cubrían con el mantel blanco, llamado sabanilla; el frontal de dicha mesa se tapaba con colgaduras, con colores propios del día litúrgico. Conviene recordar que las misas, por entonces, eran matutinas, por la mañana y en latín; y que el sacerdote oficiante, sobre la obligada sotana se ponía el alba, el amito, el cíngulo, el manípulo, la estola y la casulla. Durante las tardes tenían lugar, el rezo del Rosario, las novenas, etc.; y en la Semana Santa se comentaba el Ejercicio de Tinieblas; para esto, se colocaba, delante del coro y muy próximo a él, una columna de madera, de cierta altura, y adosado a ella un candelero triangular con 15 velas, llamado tenebrario. Previamente encendidas las quince velas; al son de unos salmos en latín, muy monótonos, que inducían al sueño, y a golpes de una pequeña matraca, las velas se iban apagando, quedando la iglesia casi a oscuras. En ocasiones el apagón de una vela era acompañado de algunos ronquidos propiciados por algún que otro Hermano del Santísimo, caído en brazos de Morfeo; ronquidos que eran interrumpidos por un compañero a su lado, mediante un codazo, unido a esta frase: “espabílese compadre, que estamos en la iglesia”. Para encender y apagar las velas, los monaguillos disponían de una caña, de unos cuantos metros de longitud, que llevaba insertadas en un extremo un trozo de mecha para encender y una capuchita metálica para apagar.

La Hermandad del Santísimo, ocupaba cuatro largos bancos tapizados en rojo, cercanos al púlpito, dos a cada lado; seguidos de los cuatro largos bancos pertenecientes a la Hermandad de la Peña; pero sin tapizar y colocados en idéntico orden; dichos bancos limitaban el amplio pasillo de la nave central de la iglesia.

Se instalaban dos altos doseles de rojas colgaduras, uno en el lado de la Epístola y el otro en el lado del Evangelio; en el primero iba la imagen de la Dolorosa; en el segundo el paso correspondiente al día. De esta manera entramos en la Semana Santa, que se inicia el Viernes de Dolores, con la misa mañanera, rezo del Rosario, sermón y procesión vespertina. Todos los pasos procesionales se concentraban en el camarín, incluidos el Señor de la Humildad y Paciencia, y el Crucificado de brazos plegables que ocupa la urna del Santo Sepulcro, pertenecientes a la iglesia de San Francisco; en dicho camarín se arreglaban las vestiduras de las imágenes, se preparaban y se limpiaban las de los pasos, se aseaban las colgaduras; allí se adornaban, se enramaban; en resumen se les acondicionaba para salir a la calle.

Los pasos, que acompañaban al titular del día, se colocaban a la entrada del camarín, cerca del retablo del Gran Poder. Tampoco podemos olvidar que los pasos eran llevados a hombros por costaleros, que se situaban bajo el interior de las mesas, las basas, que cobraban por su trabajo; que la mayoría de los gastos, y el cuidado de los pasos, corrían a cargo de las Hermandades, también a personas y familias particulares; que los pasos más caros eran el Crucificado por su altura y el Santo Sepulcro por su peso. El Domingo de Ramos tenía lugar la bendición de los ramos en la Plaza de la Iglesia a cargo del párroco vestido con la capa pluvial; finalizada la bendición, se organizaba la procesión hacia el templo, cuyo altar había sido adornado con grandes palmitos colocados en sus respectivos soportes, para la Misa Solemne de las 11, la Misa Mayor, la Misa Cantada como decíamos en aquellos tiempos. El Lunes Santo, si no me equivoco, no había procesión; la hornacina del baptisterio la ocupaba el Nazareno. La imagen de la Columna se incorporó mucho más tarde. Martes Santo, Misa Solemne en honor del Señor de la Humildad y Paciencia por la mañana; por la tarde procesión acompañado por San Juan y la Dolorosa; a su regreso el correspondiente sermón. Recuerdo que por Semana Santa se solicitaba los servicios de un predicador de otros lares, un orador sagrado, que junto a la profundidad de sus pensamientos tenía aquello que Unamuno llama oratoria poética. Durante cierto tiempo los sermones se celebraban al entrar la procesión, después antes de la salida.

El Miércoles Santo tenía lugar la ceremonia del Velo; para esto se colocaba un velo blanco a lo ancho del retablo del Altar Mayor, que ocultaba la mesa con el ara. Cuando el celebrante llegaba al pasaje que decía: “El príncipe de los sacerdotes rasgó sus vestiduras”, se producía un gran estruendo y el velo blanco se abría completamente. El pasaje, claro, se cantaba en latín. Acto seguido se preparaba todo para la Misa Solemne al Gran Poder de Dios y las Lágrimas de San Pedro y al atardecer la procesión y el consabido sermón. Debemos aclarar que, en la nave del templo, solamente se exponían los pasos del día señalado; los demás permanecían dentro del camarín.

Jueves Santo. Misa Solemne de la Cena del Señor, con Comunión General, Lavatorio de los pies a doce Apóstoles, doce Hermanos del Santísimo. En el momento del “Gloria” sonaban las campanas por última vez; después en su lugar, lo hacía la pequeña matraca. Concluida la misa se traslada el Santísimo al Monumento instalado en capilla de la Inmaculada, posteriormente en la del Carmen. Un monumento original, histórico, de gran valor artístico, pintado, decían, por don Luis de la Cruz.

A partir de las 12 horas de aquel Jueves Santo, ya entronizado el Santísimo, toda actividad se paralizaba en el pueblo; se suspendían los espectáculos públicos, los comercios cerraban sus puertas, excepto los bares; las guaguas no pasaban de la Punta de la Carretera, ni los coches; una sensación de respeto y recogimiento se palpaba en el ambiente. “Hoy no se canta, hoy no se juega, está el Señor muerto, decíamos los chicos”. El pueblo parecía envuelto en silencio; un silencio que se rompía con el ruido de la gran matraca de la torre de la iglesia, y por las voces de los vendedores de caramelos: ¡A los caramelos de paquete! ¡A los caramelos de cuadritos!. Unos caramelos de fabricación casera, típicos de aquellos días de Semana Santa. Eran muy nombrados los de doña Pepa, esposa de don Pablo Marrero Brito, gran maestro de escuela. Doña Pepa, fina repostera, procedente de las monjas de Garachico. Sus caramelos eran pregonados por el popular “Cheché”. También eran muy celebrados los de Nina Ortiz, doña Catuja Hidalgo y doña Nieves. La receta de estos caramelos caseros era un secreto muy bien guardado, intransferible, igual que su tradición. A las cuatro de la tarde de aquellos Jueves Santos, los alumnos de los “padritos” teníamos orden de reunirnos en el patio del Colegio y, desde allí, salir en perfecta formación con el fin de visitar los Monumentos. Para esto se había preparado y ensayado un canto, que comenzaba así: “En medio de esta gran indiferencia, cuando el mundo te deja solitario, Señor de los Señores, hoy hemos venido a gozar de tus amores y hacerte compañía en el Sagrario”…

Muchos de los cofrades, que tenían turno de vela en el Monumento a partir de la medianoche, y se quedaban a dormir en el camarín, colocando una alfombra bajo la mesa de los “pasos”, fueron víctimas de las bromas gastadas por los graciosos de siempre, que aprovechaban los momentos más dulces de los dormilones, para adornarles la cara con un bigote y una perilla como un mosquetero, utilizando para ello un tapón de corcho quemado. En una ocasión la “víctima” elegida fue don Manuel Rojas, quien con frecuencia sustituía al “solchantre” en las misas cantadas.

Por la tarde de este Jueves Santo, la procesión del Nazareno acompañado de San Juan, la Verónica y la Dolorosa, escoltada por un buen grupo de señoras y señoritas, ataviadas con negros trajes y tocados sus cabellos con peinetas y la clásica mantilla negra.

El Viernes Santo, sobre las diez de la mañana, y de rigurosa negro la casulla, tenía lugar la solemne función religiosa de la Pasión de nuestro Señor cantada; terminada ésta, el Acto de Adoración de la Cruz, finalizado dicho acto, la Cruz se colocaba delante del altar en un lugar preparado; se sacaba al Santísimo del Monumento y la ceremonia, con la media misa, se daba por concluida. A continuación salía el clero acompañado de componentes de las Hermandades, portando sus estandartes, con las cruces descubiertas, y numerosos fieles, para iniciar el Via-Crucis, con el siguiente recorrido: calle Quintana, San Juan, Iriarte, Blanco, costado sur y oeste de la plaza del Charco, San Felipe, hasta la capilla del Calvario, donde se realizaba el Sermón de medio día. A lo largo del recorrido callejero se rezaba en cada una de las Cruces, que adornan las fachadas de las casas, la “Estación” correspondiente, excepto en la de don Diego Arroyo, ubicada en el costado sur de la mencionada Plaza del Charco, la Cruz de los “Masones” decían; pero en realidad era la Cruz de la Constitución. La última Estación del Vía-Crucis correspondía a la Cruz central del Calvario. Con antelación Manuel Perera, el eterno guardián de la Peñita, había abierto las puertas de la ermita para recibir en ella, al Clero, Hermandades y acompañantes del Vía-Crucis. Unos días antes las señoritas de “Canales”: Mercedes Hernández del Castillo, sus hermanas Lola y Juanita, quienes durante mucho tiempo fueron las encargadas de la conservación y limpieza de la capilla del Calvario, habían engalanado y decorado el citado recinto, colocando sobre el altar macetas con “helechas” y cactus, camuflados con papeles color tierra, dando así la sensación de monte. Taparon el frontal del altar con colgaduras negras y, para completar la escena, situaron en la Cruz del centro, el Crucificado de la capilla del cementerio; una Imagen, que solía traerla Manuel “Catalina”, de una manera discreta, durante la noche; la cubría con una sábana y se la echaba al hombro. En la Cruz de la derecha del Calvario, como siempre, está la Dolorosa trajeada de negro; en la izquierda San Juan Evangelista, portando en su mano diestra la pluma y en la otra el libro; está vestido con su túnica morada y su capa azul; un azul “mareado” por los años. En el costado este de la puerta del Calvario, las señoritas habían puesto la tarima cubierta con un paño negro y sobre ella el púlpito, para que desde allí, el orador sagrado se dirigiera al numeroso público, que llenaba la calle, ya a pié, ya sentados en sillas traídas de sus respectivos domicilios; otros asomados a las ventanas o desde las azoteas de las casas cercanas; en los primeros años a pleno pulmón; posteriormente con la ayuda de altavoces. Esto era posible, porque en aquel tiempo, pasaban por la calle tres coches, incluso sabíamos la hora de su paso: el de don Juan Galán, don Víctor Machado y el de don Tomás Reid, cuando iba a la “Chercha”, el cementerio protestante. Finalizado el sermón, regresaba normalmente a la parroquia. Pienso que este tradicional sermón del medio día, que hemos comentado, se perdió al crearse la parroquia de la Peñita; pues bajo su jurisdicción quedó la capilla de Calvario. Su primer párroco, el Padre Flores, prefirió, para cumplir con esta finalidad la iglesia de San Francisco, más amplia y más alejada de la Ranilla.

Al frente de todas las procesiones de la Semana Santa, iban la manga tapada de negro y con una pequeña colchoneta en la parte inferior, donde descansaba su cabeza el acólito portador, que vestía alba con alto cuello de color negro y cíngulo con borlas de igual color; los acólitos portadores de los ciriales, vestían sotanas negras y roquetes blancos.

Por la tarde de este Viernes Santo, salían los siguientes pasos: San Juan, la Magdalena, el Crucificado, el Santo Entierro, escoltado por miembros de la Guardia Civil, con uniforme de gala, el tricornio sobre la espalda, el fusil sobre el hombro, con el cañón hacia el suelo; y la Dolorosa con su séquito femenino como el día anterior. Todavía no se había establecido la procesión de madrugada con el Cristo, ni la Procesión Magna. De regreso a la parroquia las imágenes procesionales pasaban al camarín, excepto la Dolorosa; pues a las 10 de la noche, tenía lugar el sermón de la Soledad o del Retiro y procesión por el interior del templo hasta entrar en el camarín.

El Sábado Santo, por la mañana y en el exterior del templo tenía lugar la ceremonia del “Fuego Nuevo”. Se encendía el Cirio Pascual y se llevaba en procesión por el interior de la iglesia acompañado con los cantos de la letanía de los Santos; a cada nombre de Santo, se respondía con el: “Veneratus Dominé”, de esta manera sonaba en nuestros oídos. A continuación la Bendición del Agua. En el recipiente, que contenía el citado líquido, el oficiante introducía el Cirio Pascual, por el lado opuesto a la llama, hacía tres cruces con él, al tiempo que recitaba sus preces en latín. La mayoría de asistentes al acto, iban provistos de botellas, para llenarlas con el agua, ya bendecida. Finalizado este rito se preparaba el altar, para celebrar la misa propia de aquel día, una Misa Cantada. En el momento, que el sacerdote exclamaba: “Gloria in excelsis Deo”, el velo negro que cubría el retablo mayor se rasgaba hacia los lados, dejando al descubierto las imágenes. Las campanillas y las campanas de la torre iniciaban los repiques de Gloria, repiques que acompañaban al canto hasta su final. Los asistentes al culto aplaudían con entusiasmo. Era el día de la Aparición de la Aleluya, decían. Concluidos los oficios de este día la iglesia se cerraba para el público, hasta el domingo de Resurrección; pues había que colocar las imágenes de los pasos en sus respectivas hornacinas, desmontar el monumento, etc.

Domingo de Resurrección. Misa solemne a las 11 de la mañana y a continuación Procesión con el Santísimo, como actualmente se realiza, y con el tradicional descanso en el improvisado Altar, ubicado en el exterior de la casa de Don Alonso del Hoyo, Pureza de María, Hermanos de la Cruz Blanca. En ocasiones la Banda de Música, entraba tocando en la iglesia, y en el momento; en que el sacerdote alzaba la Custodia, interpretaba la Marcha Real. Ayudado de una pequeña escalera, el oficiante colocaba la Custodia en el Sagrario, como ahora se hace en los días de Adoración; pero en aquella época, el Sagrario se abría y se cerraba, de una manera automática, tirando de una correa inserta a un resorte; la anilla de dicha correa asomaba por el costado sur del Sagrario. Una vez cerrado el Sagrario finalizaba la Semana Santa.

Recuerdo, si no me equivoco, que este domingo era costumbre que dos monaguillos, portando el carderillo con agua bendita y el hisopo, fueran rociando las casas del barrio, recibiendo a cambio alguna propinilla.

Jesús Hernández Martín

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