15 julio, 2020

Una epidemia en el Puerto, 1811

El Puerto de la Cruz sufrió una fuerte epidemia en 1811. Entonces, como había ocurrido en casos similares, se estableció lo que hoy se conoce como cordón sanitario por los pueblos de La Orotava y Los Realejos. El memorialista Gaspar de Franchi Mesa y Ponte había regresado a Tenerife en 1809 después de una larga estancia en Francia. Tenía noticias de las calamidades que padecían por no haber personas que se dedicasen a buscar medios para remediarlas. Entonces, se dirigió a la Junta de Sanidad de la Villa de la Orotava, considerando que era el cuerpo que con más eficacia podía buscar los remedios necesarios, manifestándole que el Puerto, en su encierro, carecía de agua pues ésta pasaba por Las Dehesas, jurisdicción de Los Realejos, donde se consumía y era robada porque los vigilantes del Puerto no podían pasar el cordón para vigilarla. Era justo y era obligación de las autoridades y las Juntas de Sanidad buscar medios que coadyuvasen a mitigar el hambre y demás penalidades que sufrían los portuenses en su encierro. Franchi había sido el autor en 1777 de un Proyecto para la utilidad particular y pública de las Islas Canarias, acerca de la decadencia en el Arhcipiélago por la falta de exportación de frutos, debida a las leyes de comercio y la explotación colonial inglesa.

Artículos de primera necesidad, tales como la leña y el carbón, faltaban en la cuantía que se necesitaban. Todo aquel que tenía medios para acercarse al cordón se proveía de estos artículos pero el que no, o carecía de ellos, los pagaba a precios tan exorbitantes que los menos pudientes no podían obtenerlos. En cuanto al pan que se bajaba de la Villa era de muy mala calidad y estaba falto de peso, a pesar de que el remedio no era difícil. Los conductores del cordón del Puerto estaban sin arreglo y faltos de fidelidad muchas veces; la urgencia y confusión los estableció y así permanecieron a pesar de las experiencias de Santa Cruz y del mismo Puerto en una epidemia anterior.

La Junta de Sanidad prácticamente no existía en el territorio portuense porque algunos de sus miembros habían fallecido y otros abandonaron el pueblo huyendo, abandonando sus funciones. Según el cronista oficial del municipio, Nicolás Pestana Sánchez, de quien tomamos estos datos, la Junta “debió de mirar el modo de evitar la introducción de la peste y no lo hizo, así como tampoco proporcionar alivio a los enfermos”. Es cierto que este cuidado debía ser del alcalde, diputado y síndico personero. Pero algunos de éstos faltaban del pueblo también. Y aún en el caso de que hubiesen estado en él, nada hubiesen hecho por sí solos, sin la ayuda de los vecinos

Relata Pestana que “la fatiga y el decaimiento oprimían al Puerto hasta el extremo de que cada habitante sólo trataba de cuidarse a sí mismo, sometiéndose a las desgracias que su encierro no les permitía remediar. Era una obligación de cristianos que los de fuera, más libres, les ofreciesen los medios de alivio dándoles las facilidades necesarias en las operaciones anteriores y les comunicasen los cuerpos interiores que, para este fin, se nombrasen. Estos comunicarían a los de la Villa y Los Realejos sus necesidades y éstos, conociéndolas, procurarían remediarlas. El Ayuntamiento y Junta de Sanidad de la Villa no deberían olvidar en exponer todos sus deseos y operaciones a los de los Realejos para que contribuyeran al mismo fin”.

Pero no fue así. Solo se cuidó de poner el cordón para que la epidemia que se sufría en el Puerto no pasase a aquellos pueblos, sin acordarse de aplicar remedio a sus necesidades para que la epidemia desapareciese. Así las cosas, el cordón no era una necesidad sino una tiranía y como tal nada de particular tenía que fuese roto tantas veces como se pudiese.

El 10 de enero de 1811, el Comandante General de estas Islas y Presidente de la Junta Superior de Sanidad convocó a las personas que componían la citada Junta para dar conocimiento del oficio que el Alcalde Real del Puerto, Rafael Pereyra, le había dirigido con fecha 14 de diciembre del año anterior, acompañando certificación de las actas de las reuniones celebradas por el Ayuntamiento y su Junta de Sanidad en 3 y 14 del mismo mes.

La investigación del cronista se centra en que vistas las razones expuestas por el alcalde y por el síndico personero, Bernardo Cólogan, denunciando la estrechez a que fueron sometidos los habitantes del Puerto por el cordón puesto por los pueblos colindantes, con motivo de la enfermedad que se había manifestado en la casa de Don Vicente de Fuentes, Almojarife de la Aduana. Visto, igualmente, el dictamen de los facultativos en medicina Juan Emeric, Julián Delgado y Diego Arminstrong, se acordó que, siendo muy justa y fundada la exposición hecha por el síndico personero, así como el dictamen de los expresados facultativos en que, no separándose de todo el derecho que tanto las leyes como la humanidad permiten y exigen a favor de la caridad en casos semejantes, la consideración que se merece y debe tenerse con los pueblos contagiados, pueden, sin faltar en nada, ser acordonados los unos y precaverse y guardarse los otros dejando todo el ensanche que la prudencia dicta cuando la localidad lo permite y bajo estos mismos sentimientos “franquea todo género de auxilio que proporcione el mayor alivio a la fatiga de los pacientes, consuelo de los afligidos, satisfacción y seguridad a los que tienen la feliz suerte de acordonar”.

De modo que, según los documentos, procede señalar “los límites en que debería ponerse el cordón en la forma siguiente: Comenzaría desde la orilla del mar, por la parte del este, donde llaman “Sancho”, siguiendo hacia arriba hasta “El Durazno”, donde se dividen los caminos por la Villa de la Orotava y este Puerto, siguiendo desde este punto al camino que llaman “de la Vizcaína”, continuando a la Montaña de Los Realejos hacia arriba y bajar y terminar en el lugar que llaman “El Burgado” hasta la orilla del mar”.

Además, el Comandante General hizo saber a los ayuntamientos de los pueblos colindantes que el mejor modo de precaverse los pueblos sanos de los que están infestados era cerrar las entradas de él, dejando una sola abierta para que, con facilidad y seguridad, se supiese las personas que salían o entraban en el mismo pueblo.

El 30 de diciembre de 1811 la Junta de Sanidad del Puerto mandó a hacer un recuento de sus habitantes para averiguar el número de víctimas y demás circunstancias, dividiendo al pueblo en distritos (Obsérvese la similitud con los recuentos diarios de la pandemia actual de la COVID-19)

Uno de dichos distritos correspondió a Andrés Zamora y comprendía las calles de San Francisco, Tiendas, callejón de Blanco, calle de Pedro Briganti, calle de las Aramagas, calle del Estanco, callejón de las Monjas, calle de Dionisio O’Daly, calle de Santo Domingo, El Monturrio, callejón de Punto Fijo, Plaza de la Iglesia, calle de las Rosadas, calle de Francisco Trujillo, calle de Zamora, calle de La Hoya, calle de Cuaco, Montañete, La Montaña, calle que iba a Las Cabezas, cuevas de Martiánez, Robado y San Antonio. Los resultados de este distrito fueron:

  • Número de habitantes: 1.368
  • Número de muertos: 262
  • Sufrieron la epidemia: 844
  • No la sufrieron: 239
  • Salieron del pueblo: 21
  • Entraron después del cordón: 2
  • Total: 1.368
  • Casas vacías por ausencias: 23

Otro distrito fue encargado al diputado Francisco Solano Real que comprendía las calles de San Francisco, parte de la calle de Las Cabezas, otra parte del pago de San Antonio, calle de Las Carretas, calle del Chorro, calle Nueva, calle del Sol, calle del Norte, callejón Angosto, calle del Peñón, calle de Mequinez, calle del Lomo, calle del Castillo, calle del Tejar. Los resultados de este distrito fueron :

  • Número de habitantes: 2.476
  • Número de muertos: 262
  • Sufrieron la epidemia :296
  • Salieron del pueblo: 21
  • Entraron después del cordón: 3
  • TOTAL: 2.476
  • Casas vacías por ausencias: 39

Los gastos ocasionados por esta epidemia ascendieron a la cantidad de mil ciento setenta pesos corrientes.

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